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El Tercer Relato de la Primera Visión dado por José Smith en 1838

La Primera Visión

El sitio mormon.org define la primera visión de la siguiente manera:

Siendo José Smith un jovencito, había en su comarca varias iglesias que proclamaban enseñar la verdad, aunque disentían unas con otras. Esto le llevó a una seria reflexión. Él deseaba saber cuál iglesia tenía la razón. Un día leyó un pasaje en la Biblia que decía: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5). José decidió aceptar la invitación de preguntar a Dios.

En la primavera de 1820, José fue a una arboleda cercana a su casa y oró para saber a cuál iglesia debía unirse. En respuesta a su oración, el Padre Celestial y Su Hijo, Jesucristo, se le aparecieron. José escribió: “Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. “Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!”. Se le dijo a José que no se uniera a ninguna de las iglesias que existían en esa época, ya que tanto la autoridad del sacerdocio como la Iglesia que Jesucristo había organizado cuando estuvo sobre la tierra, se habían perdido en el transcurso de los siglos.

La Primera Visión de José Smith señaló el comienzo de la Restauración del evangelio de Jesucristo sobre la tierra. La relación escrita por José sobre este acontecimiento es un testimonio poderoso de lo que él vio y experimentó (José Smith—Historia, capítulo 1, versículos 8-17).

El Presidente Gordon B. Hinckley  enseño lo siguiente con respecto a la importancia de la primera visión:

Todo nuestro caso, como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos Días, descansa sobre la validez de esa maravillosa Primera Visión, que fue la cortina que se descorrió para abrir esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Nada sobre lo cual basamos nuestra doctrina, nada de lo que enseñamos, nada de aquello por lo cual regimos nuestra vida es de mayor importancia que esa primera afirmación. Sostengo que si José Smith habló con Dios el Padre y con Su Hijo Amado, entonces todo lo demás de lo cual hablamos es verdadero. Esta es la bisagra sobre la cual gira la puerta que se abre al sendero que conduce a la salvación y a la vida eterna. (Gordon B. Hinckley -¿Qué Pregunta La Gente Acerca De Nosotros?)

La iglesia ha reconocido públicamente por medio del ensayo Relatos de la Primera Visión la existencia de cuatro relatos de la primera visión dados por José Smith, ademas de algunos relatos dado por sus contemporáneos. El siguiente párrafo tomado de dicho ensayo  confirma lo antedicho:

José Smith publicó dos relatos de la Primera Visión durante su vida. El primero de ellos, conocido hoy como José Smith — Historia, fue registrado en los Libros Canónicos en la Perla de Gran Precio y, por lo tanto, se convirtió en el relato más conocido. Los dos relatos que no se publicaron, registrados en la autobiografía más antigua de José Smith y en un diario personal más adelante, por lo general fueron olvidados hasta que historiadores que trabajaban para La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días los descubrieron y publicaron en la década de 1960… Además de los relatos de primera mano, también hay cinco descripciones de la visión de José Smith, registradas por sus contemporáneos. (Relatos de la Primera Visión)

La narración de la Primera Visión que los Santos de los Últimos Días conocen mejor es la de 1838. Publicado por primera vez en 1842 en el Times and Seasons, periódico de la Iglesia en Nauvoo, Illinois, el relato era parte de una historia más larga dictada por José Smith entre períodos de intensa oposición. El  relato se encuentra en la selecciones de la historia de la iglesia en la Perla de Gran Precio.

En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, a menudo me decía a mí mismo: ¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?

 Agobiado bajo el peso de las graves dificultades que provocaban las contiendas de estos grupos religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión, el mío. Pareció introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces, sabiendo que si alguien necesitaba sabiduría de Dios, esa persona era yo; porque no sabía qué hacer, y a menos que obtuviera mayor conocimiento del que hasta entonces tenía, jamás llegaría a saber; porque los maestros religiosos de las diferentes sectas entendían los mismos pasajes de las Escrituras de un modo tan distinto, que destruían toda esperanza de resolver el problema recurriendo a la Biblia.

Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que permanecer en tinieblas y confusión, o de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, recurrir a Dios. Al fin tomé la determinación de “pedir a Dios”, habiendo decidido que si él daba sabiduría a quienes carecían de ella, y la impartía abundantemente y sin reprochar, yo podría intentarlo.

 Por consiguiente, de acuerdo con esta resolución mía de recurrir a Dios, me retiré al bosque para hacer la prueba. Fue por la mañana de un día hermoso y despejado, a principios de la primavera de 1820. Era la primera vez en mi vida que hacía tal intento, porque en medio de toda mi ansiedad, hasta ahora no había procurado orar vocalmente.

Después de apartarme al lugar que previamente había designado, mirando a mi derredor y encontrándome solo, me arrodillé y empecé a elevar a Dios el deseo de mi corazón. Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente se apoderó de mí una fuerza que me dominó por completo, y surtió tan asombrosa influencia en mí, que se me trabó la lengua, de modo que no pude hablar. Una densa obscuridad se formó alrededor de mí, y por un momento me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina.

Mas esforzándome con todo mi aliento por pedirle a Dios que me librara del poder de este enemigo que se había apoderado de mí, y en el momento en que estaba para hundirme en la desesperación y entregarme a la destrucción —no a una ruina imaginaria, sino al poder de un ser efectivo del mundo invisible que ejercía una fuerza tan asombrosa como yo nunca había sentido en ningún otro ser— precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí.

No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi HijoAmado: ¡Escúchalo!

Había sido mi objeto recurrir al Señor para saber cuál de todas las sectas era la verdadera, a fin de saber a cuál unirme. Por tanto, luego que me hube recobrado lo suficiente para poder hablar, pregunté a los Personajes que estaban en la luz arriba de mí, cuál de todas las sectas era la verdadera (porque hasta ese momento nunca se me había ocurrido pensar que todas estuvieran en error), y a cuál debía unirme.

Se me contestó que no debía unirme a ninguna, porque todas estaban en error; y el Personaje que me habló dijo que todos sus credos eran una abominación a su vista; que todos aquellos profesores se habían pervertido; que “con sus labios me honran, pero su corazón lejos está de mí; enseñan como doctrinas los mandamientos de los hombres, teniendo apariencia de piedad, mas negando la eficacia de ella”.

De nuevo me mandó que no me uniera a ninguna de ellas; y muchas otras cosas me dijo que no puedo escribir en esta ocasión. Cuando otra vez volví en mí, me encontré de espaldas mirando hacia el cielo. Al retirarse la luz, me quedé sin fuerzas, pero poco después, habiéndome recobrado hasta cierto punto, volví a casa. Al apoyarme sobre la mesilla de la chimenea, mi madre me preguntó si algo me pasaba. Yo le contesté: “Pierda cuidado, todo está bien; me siento bastante bien”. Entonces le dije: “He sabido a satisfacción mía que el presbiterianismo no es verdadero”. Parece que desde los años más tiernos de mi vida el adversario sabía que yo estaba destinado a perturbar y molestar su reino; de lo contrario, ¿por qué habían de combinarse en mi contra los poderes de las tinieblas? ¿Cuál era el motivo de la oposición y persecución que se desató contra mí casi desde mi infancia? (José  Smith—Historia 10-20)

Ya que este relato es el mas conocido y aceptado por los santos de los últimos días, es importante leer los relatos dado por José Smith en 1832 y 1835 para entender las diferencias y similitudes entre estos tres.

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Brother Nephi Ver todo

Bother Nephi fue un miembro activo de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sirvio una misión de tiempo completo. y ahora que esta fuera del mormonismo, escribe como pasatiempo en creenciasreligiosas.com

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